El Perro de Jack London

Piedrahita, 1996

El perro de Jaime siempre está en coma profundo cuando hay gente a su alrededor. Parece como si sólo la soledad o la placidez del reposo nocturno de su dueño le dieran marchita para el cuerpo. Es posible verle dormir en el asfalto de la carretera, caliente por el sol, mientras le gritas una y otra vez: “¡Asgar, quita de ahí, que vienen coches!”.

Liegender Hund im Schnee (Franz Marc)Jaime cuenta que el perro tiene el sueño cambiado, que es como los niños. Tú le dices que el perro, al ser cachorro, todo lo ha aprendido de él y mimetiza por ello. Es como esos perros de caza que aparecían en los retratos de la monarquía de antaño, los que te hacían cuestionar si el parecido físico con su dueño era un capricho del pintor. El perro es como Jaime: tranquilo y comatoso, imperturbable, independiente y, cuando le apetece, revoltoso y juguetón.

Jaime putea al perro mientras duerme, o hace que duerme, a las tres de la tarde en medio de una competición de enduro. Lo agarra por las cuatro patas, las delanteras en una mano y las traseras en la otra, como si fuera un corderillo al que zarandea, arrastra y da la vuelta. Asgar apenas abre los ojos en su ganso dormitar. Jaime comenta encantado que el perro es así, que pasa de él y de su sombra, que no tiene más apego a su dueño que el de la más simple y llana supervivencia, y quizá ni eso.

¿Son los perros más inteligentes de lo que creemos o quizá menos? Es posible que el instinto básico de sobrevivir en algunos animales, extremadamente dependientes de sus amos o del ser humano en general, les conduzca a actos heroicos, quizá a salvar la vida de aquél al que consideran la fuente de la suya. Pero, ¿no serán estos animales los más tontos? ¿Los que no se dan cuenta de que no necesitan a ese humano para continuar?,… que hombres hay muchos y, en habla femenina, salen hasta de debajo de las piedras.

Poca importancia tiene cuál fue el cuento de Jack London en el que aparecía la historia del perro. Jaime introdujo la historia como si tal cosa, intentando ejemplificar su relación con el animal. Contaba Jack London que un hombre se hallaba de noche en medio de una tormenta de nieve, perdido el trineo y el rumbo, sin más compañía que la de su perro. Sabedor del riesgo que corría su vida, intentó sin éxito recobrar el camino, buscar refugio y encender un fuego, todo por ese orden, siempre el perro junto a él. En su desesperación, no fue capaz de encender las cerillas mojadas hasta la última, que prendió tanto el fuego como un poquitín de su esperanza. Pero el calor de las llamas derritió densas capas de nieve que formaban el techo de su cobijo, cayendo parte de éstas sobre la precaria hoguera, que se apagó.

Drei Tiere (Franz Marc)Jaime adornaba el relato con el hablar directo y seco del norte, para al final llegar al perro: ese animal que acompañó a su dueño hasta el final, sin separarse de él en su agonía. Posiblemente el hombre admiró la fidelidad de su compañero de travesía sin saber que éste podía fácilmente haber salvado su vida. El perro esperó la muerte del amo para después encaminarse hacia el campamento civilizado más cercano que, al parecer, estaba a sólo dos kilómetros.

¿Dónde quería llegar Jaime? A su propia aventura con Asgar la semana anterior. Érase un día en que Jaime no voló, pues el tiempo no acompañaba, y salió a pasear al monte. Como muchos de los días en que Jaime se salta la “rutina”, si es que puede llamarse rutina a volar, descuidó la alimentación y le sobrevino una hipoglucemia de las suyas. Tú ya le has conocido varias y no te sorprende.

Se dio cuenta demasiado tarde, sacó las galletas demasiado tarde y demasiado tarde se las comió, de manera que el bajón de azúcar le afectó más de la cuenta. Ese estado intermedio del duermevela le pilló a las seis de la tarde y eran las nueve cuando despertaba: en mitad del monte, calado de lluvia hasta los huesos, desorientado y a oscuras, llamó a Asgar. El perro, por supuesto, no había ido por ayuda, ni siquiera había intentado despertarle. De hecho dormitaba a su lado como si nada y Jaime hubiera apostado que llevaba en ese estado el mismo tiempo que él. “Anda”, pensaría el perro al verle caer, “parece que toca dormir”.

Por esos milagros de la tecnología, hasta el más rural, libre y ecologista de los mortales lleva un teléfono móvil con el que llamar a la Guardia Civil para que acuda al rescate, que si es por el perro todavía está allí. “Superviviente, simple y llanamente superviviente”, dice Jaime mirando a Asgar.

Tú les miras, a ambos, al hombre y al perro, y no puedes evitar reiterarte en lo que ya piensas, que son iguales. Superviviente Jaime, diabético agudo de nacimiento, pinchándose solo desde los seis años, escalando el Himalaya para volar. Superviviente Jaime, dejando la ciudad para vivir sólo en el valle cerca del monte y del mar. Emprendedor de “negocios del aire libre” casi como el comercial de informática, con la misma picardía y tenacidad. Observador de las personas que, como tú misma, hace ya muchos años, pasan por su vida, se paran, se sientan en el banco del parque, les pica el culo y se van.

Dedicado a Jaime Izquierdo (1964-2007), mi profesor, mi amigo. Él me enseñó a volar.
(Publicado originalmente en Diciembre, 2003)

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2 respuestas a “El Perro de Jack London

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